sábado, 11 de agosto de 2012

Volver

Vuelvo pero de a poco. La reconexión corporal fue rápida, mis piernas todavía saben pedalear, me concentro en las salidas a la derecha para que no me intenten atropellar de neuvo. Vuelo en la bicicleta todas las mañanas hacia Leiderdorp, hogar de mis australianitos peleadores. Pero estoy segurísima de que con el Alberto peleábamos mil quinientas veces más.
En todo caso vuelvo, y de pronto tenemos un nuevo sofá y repisas. Y nuestra casa ya no puede estar más cerca de ser un palacio y andamos invitando a todo el mundo a nuestro mundo de cuarenta metros cuadrados. Los regalos del matrimonio pagaron la universidad, el arriendo y la cuenta de IKEA, que felicidad.

Las dos semanas previas al matrimonio fueron puro correr, y en el caso del Jérôme, aguantarse las ganas de golpear a todo el mundo ante su descubrimiento (y el nuestro) de que en realidad la dama de honor práctica -y no simbólica- era él. El que nos llevó a todas partes y nos tradujo todo, dos semanas de decoración, papelitos, colores, manteles, torta, vestidos, peluqueras y maquillaje. Imagínense.

Sigo volviendo de a poco, a ordenar los libros que mis progenitores y hermanos acarrearon hasta este continente, todo para que la princesita tenga a su Bolaño y a su Pizarnik y a su Peter Pan infaltable y a su Ishiguro que dejo sin terminar -porque me lo quitaron hasta que lo leyeron todos menos yo- Pero... tengo que admitir que este lugar es más mio porque ahora están mis libros (no todos, hice una selección de los 30 más importantes porque no podía abusar de mi familia de esa forma).

La clave amigos está en parir, o sea, publicar. Esta entrada que era un recuento sabrozón de todos los pormenores del matrimonio en Bretaña no va a estar terminada nunca, y por ende nunca voy a volver a publicar algo en el blog y va a morir en el cementerio virtual de los blogs abandonados. Y no puedo dejar que pase eso, no esta vez por una conversación muy seria que tuve con la MaríaElvira arriba de un acantilado mirando los mil faros del Atlántico.

Lo que si puedo hacer es un recuento de milagros:

1. La lluvia.
Casarse en verano en Francia, en un château en medio de un bosque al lado de un río. Ya para, ¿y con los animalitos cantando también como en las películas de Disney? No. Obvio que no. Llovió desde el día que llegamos hasta el día que nos casamos. Al menos una vez al día, a veces el día entero, a veces dos días seguidos. El peor verano que Europa haya visto en años. Todo el tiempo fue un estrés latente, un recuerdo pulsatorio, una vocecita que a veces era la voz audible de mi suegri que me recordaba cotidianamente lo mojado que estaba afuera. Día del matrimonio, 5am: me despierto porque estoy nerviosa, hay mil detalles que faltan y ese sonido... ese suuiiiissshhh que hacen los autos cuando pasan por afuera solo puede significar que sigue lloviendo, poquito pero constante. 5:30am, Dios por favor, tú sabes la cantidad de plata que pagamos para tener los jardines, el sueño de una fiesta en el jardín (ya, la obsesión desde que leí El mundo de Sofía a los 15 años), si sigue lloviendo no sé que vamos a hacer. Y entonces una voz nada solemne ni portentosa, sino más bien ¿burlona? ¿acaso no querías un día glorioso? Cómo voy a hacer una explosión de belleza si no me dejas poner las circunstancias primero. Cierto po. Ya, me callo y confío.
6am: lluvia
7am: me levanto, sigue lloviendo.
7:30am, tomo desayuno mirando el tiempo: lluvia todo el día, la próxima semana sale el sol y comienza el verano.
Mientras estamos en la peluquería la lluvia para. Y vuelve. Intermite (si ese verbo no existe lo invoco ahora).
Llegamos al château y me entero de dos cosas absurdamente geniales: 1) está todo preparado, 2)adentro. mi mamá sacó una potencia y un nivel de inglés de nadie sabe dónde y le exigió al tipo del castillo que nos dejara hacer la ceremonia en uno de los salones de adentro (que cuestan un buen porcentaje más de lo que pagamos), por el mismo precio que habíamos pagado, ya que era inconcebible el estado del jardín y ahí no se podía hacer una ceremonia en semejantes condiciones. O sea, a mi se me ocurren diez mil argumentos que Sr.Château pudo haber usado, pero aparentemente a él no se le ocurrió ninguno, o la energía avasalladora de mi mamá lo dejó en shock, porque al final nos casamos adentro. Sin lluvia, y cuando la ceremonia terminó y salimos... el sol. Pero un sol radiante, enorme y veraniego.Un día de campo, tal y como me lo había imaginado.

2. La familia (1)
Tres días antes del matrimonio se subían al avión mi papá, el Alberto y el Gabriel. Ese mismo día a las 12 nos llama mi papá por skype. Eso no puede ser, a esa hora deberían estar volando. Caos: el Alberto viene volando solo a Paris (sin hablar francés, sin conocer a nadie, sin tener dónde llegar). Mi papá se olvidó por completo del permiso que tienen que tener los menores de edad para salir del país (permiso firmado por ambos padres), o sea que el Gabriel -por viajar 5 meses antes de su cumpleaños- se quedó abajo del vuelo y mi papá con él, para tratar de arreglar las cosas... vuelo perdido, permiso inconseguible y pasajes agotados gracias a las olimpiadas, chan! Si Dios tuviera un email como en la película de Jim Carrey, lo habrían visto lleno de peticiones nuestras y de nuestros amigos. En un día se dio vuelta la situación: el Alberto se quedo en Paris en la casa de una amiga de la familia, mi papá consiguió el permiso a las 8 de la mañana y ese mismo día logró meterse y al Gabriel en un vuelo a Paris. Llegaron un día antes del matrimonio, listos para ensayar, comer, dormir y hora el show.

3. La Familia (2)
No es secreto para nadie que el Jérôme y yo somos cristianos, pero no de los de censo, sino de los que de hecho creen en Dios como el camino, la verdad y la vida (copyright Jesus) y eso a la familia del Jérôme no le hace ninguna gracia. Fue necesaria mucha diplomacia y paciencia para que aceptaran que no nos conformábamos con el matrimonio civil, y bueno, teníamos un bien fundado miedo de que los diera el patatús en medio de la ceremonia y se mandaran a cambiar. Pero fue todo lo contrario, la sensación general fue de algo refrescante y distinto a la religiosidad como ellos la conocen, y hay que decirlo, fue perfectamente apropiado que mi tío no leyera una desde una biblia de 10 kilos sino desde su ipad, que las canciones no fueran con un organo milenario sino con una guitarra acústica, y canciones que tienen sentido y cuyas letras son comprehensibles hoy en día. Creo que en todos esos detalles nos inspiró Dios y con la ayuda de nuestros amigos y familia armamos un matrimonio hecho a mano que resultó delicioso.