domingo, 5 de febrero de 2012

Hasta que nieva

Sentarme en el sofá, con las patas arriba de la mesa del living, tomando leche caliente con chocolate derretido dentro, escuchando a Agnes Obel mientras veo la nieve desde mi ventana llena de velitas no es algo que haga para darles a ustedes la sensación de postal nórdica. Es algo que se hace necesario. Como saben, los que ven las noticias o leen el diario, hace frío. Frío Polar. Así con mayúsculas. Y la palabra Hogar (home, heim, foyer, tehuis) cobra un nuevo significado. Ahora tengo uno, y está calientito acá adentro. Entre los pocos lujos que compramos en IKEA (lo demás son artículos de primera necesidad, como ropa de cama) están las velas que ahora iluminan la ventana. Comprar chocolate en el supermercado en esta fecha y con este clima, también es una necesidad, para que sepan. Para que sepan que igual se puede vivir sin niuno pero con amor y sopita y pan.

Hay tantas cosas que quería contarles desde la última vez que escribí. Y ahora tengo tiempo porque me quedé en la casa mientras el Jérôme se fue a ver el partido de rugby al pub del centro (tampoco a propósito para que se ustedes se rieran con la imagen matrimonial cliché) se me olvidan las cosas. Se mueren la cantidad de azucar que hay en mi chocolate caliente.

Por fin el azucar me subió a la cabeza, ahora si.
El cambio del hotel al departamento fue magnífico: salimos sólo un poquito tarde del hotel, cargando los kilos y maletas y bolsas de comida que habíamos juntado y llegamos justo a tiempo a nuestro edificio. Luego de las formalidades y llaves en mano, el marido, como si no hubiera cargado ya suficientes cosas, tiró las maletas y me cargó a mi a través del umbral de nuestro primer hogar. Para los que no saben la tradición se remonta a una leyenda celta que asegura prosperidad para el hogar si la novia no toca el umbral la primera vez que lo cruza. Estar adentro fue otra cosa. Igual sabíamos que era un departamento de estudiantes, no esperábamos ninguna maravilla: el resultado fue mejor y peor de lo que esperábamos: como lugar tenía mucho potencial, pero era lejos uno de los departamentos mas inmundos que hemos visto, y créanme, hemos visto varios de esos.
Ese mismo día tuvimos la brillante y maratónica idea de pegarnos el pique a Delft (20 minutos en tren) para ir a IKEA. Y fuimos, y después de casi 5 horas escogiendo con pinzas lo más barato y de al final de escoger todo sentarnos en el suelo como niñitos pobres a calcular cuanta plata gastaríamos antes de ir a pagar, tomamos el tren de las 20:15 de vuelta. Llegamos justo a tiempo para pasar al supermercado de la estación a comprar -también maratónicamente- todos los artículos de limpieza posibles, y unas ensaladas y partimos de vuelta al hogar, que todavía no merecía el nombre.

Los primeros tres días fueron básicamente limpieza. Pero de a poco hemos cocinado cada vez más: es increíble como una casa se convierte en un hogar mientras más uno cocina en ella. Es una cuestión super primitiva, tiene que ver con el fuego, los olores, los alimentos. La cosa es que ya se convirtió en un lugar habitable y habitado. Tal vez en un próximo post les muestre un "antes y después".

Buenas noches desde el frío polar.

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