Suena como Mid-summer night dream, pero no era así como lo estaba viviendo. A pesar de que tengo amigas mayores que yo a quienes admiro profundamente, que sobrevivieron la extraña barrera de los veinticinco, y aún se ven lolein, estilosas y encantadoras, a mi me estaba gustando no tanto esto de estar a medio camino de los innombrables.
De hecho no celebré mi cumpleaños en Junio, de hecho aún no lo celebro, aunque puede ser que -for the sake of drinks and presents and good company- haga un cumpleaños mid-octubre ya que es otoño declarado y en otoño pasando a invierno es mi cumple for real.
Vuelvo al punto. Los mid-twenties no me estaban gustando para nada cuando de pronto me di cuenta de cosas pequeñas pero maravillosas que le voy a adjudicar -por superstición o apología- a este particular momento de mi life-doing.
Ejemplo número uno: el queque de chocolate.
Cuando era chica mi mamá me enseñó a hacer queque de vainilla y queque de chocolate. Yo los hacía felices los sábados en la tarde. Pero siempre con mi mamá. Y si mi mamá no estaba entonces tenía que ir a su pieza y anotar la receta en un papelito que, acto seguido, perdía.
Esto se sucedió por los próximos diezytantos años de mi vida. Me acuerdo de llamarla desde alemania para conseguir la receta del glorioso queque de chocolate y anotarla en un papelito y perderla. De vuelta en chile me compré un libro en el que he anotado con afán y devoción de coleccionista las más variadas recetas (que rayan de lo útil a lo bizarro, como mi libro de cocina feérica), pero no la del queque de chocolate. Para esa seguía yendo a la pieza de mi mamá.
Y lo genial de esto es que mi mamá no tiene la receta siempre a mano, tampoco es que se la sepa de memoria, no. Cada vez que le pregunto saca la receta de la punta de su cabeza (sí, estoy pensando en inglés, lo siento). Cada vez inventa la receta de nuevo. Durante el transcurso de mi vida, posiblemente he hecho cientos de versiones distintas del queque de chocolate, recetas que mi mamá saca de su cabeza como si de un sombrero de copa se tratara, un poco desconcentrada, olvidadiza, revolviendo en su memoria hasta encontrar el ingrediente exacto que le faltaba decirme.
Y yo aplicada, obedecía la receta recién fabricada al pie de la letra, soñando con el día en que yo también fuera capaz de sacar ingredientes de la punta de mi cabeza-sombrero de copa.
Y hoy señoras y señores, lo hice.
En medio de un resfrío bien merecido me dio un antojo terrible de comer queque de chocolate (ojalá cubierto con nutella y espolvoreado con chips de chocolate).
Me metí en la cocina, me cercioré de al menos tener los ingredientes básicos para un queque (el queque de suela de zapato que mi tía una vez hizo sin huevos aún es un hito en la historia de la familia), y me puse a sacar el resto de los ingredientes, y los eché a un bowl sin siquiera medir las cantidades, porque mis manos ya aprendieron -les tomó veinticinco años!- a dosificar cantidades de acuerdo a la memoria y al amor y, por qué no decirlo, al nivel de antojo.
Así que ahora tengo un queque de chocolate con chips de chocolate en el horno, listo para ser cortado por la mitad y esparcido con una capa de nutella.
El queque de chocolate del sombrero de copa: les aviso si queda rico y gracias mami por los veinticinco años de paciencia.
¿Y cómo quedó al final?
ResponderEliminardelicioso!!! se fue en una tarde. Tuve que hacer cuatro más en la semana siguiente!
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